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CONVIVENCIA

Por Daniel A. Spinato

Salvo que seamos eremitas por vocación o simples habitantes de una ermita, vivimos en compañía de otras personas compartiendo lazos, sean estos familiares, con los vecinos del barrio, el ámbito educativo o el laboral. Viajamos y entablamos contacto con personas conocidas y desconocidas aunque sea ocasionalmente.

El ser humano es un ser social desde el nacimiento, es gregario por naturaleza y aunque de hecho los hay, no es lo más habitual hallar personas que vivan sin contacto social.

No obstante, la convivencia no es siempre sencilla y requiere de tolerancia, respeto y reconocimiento del otro; aceptación de nuestros límites y clara conciencia de que no podemos hacer todo lo que queremos, cuando queremos y cómo queremos, precisamente por la existencia del otro.

El otro, nuestro semejante, también tiene las mismas obligaciones y derechos que nosotros. Entonces la pregunta es, ¿por qué hay sociedades en las que cuesta demasiado mantener buenas relaciones sociales?, ¿por qué la violencia es un común denominador, en la calle, en el vecindario, en los transportes?, qué le pasa a una sociedad para que la violencia sea un exponente cotidiano?

Un aspecto muy preocupante, por ejemplo en la sociedad argentina, es que la violencia como forma de comunicación atraviesa transversalmente todas las capas sociales y abarca una muy amplia franja etárea.

De allí, el incalculabe valor que tiene el hecho de que los niños desde la primera infancia convivan en ambientes saludables y con reglas de conducta claras, que deberían continuarse con criterio y homogeneidad en todos los espacios educativos, para que el menor que está creciendo y adquiriendo pautas de vida, encuentre coherencia entre los mensajes que recibe en el seno familiar, el educativo y posteriormente el laboral.

Hay que comprender que al principio los menores se adaptan al adulto simplemente porque lo necesitan y en una suerte de intercambio constante adoptan sus modalidades que más tarde repiten en su vida de relación.

Una sociedad que ha evolucionado es aquella que comprende que la justicia es un equilibrio entre la moral y el derecho, siendo incluso superior a la ley misma y toda persona digna ha de respetar la justicia aun cuando la ley muestre sus imperfecciones y es por eso que cuando las leyes se perpetúan sin adaptación a las variaciones sociales, dejan de ser efectivas para transformarse en herramientas inútiles o perjudiciales.

En una sociedad que merezca ser vivida, la conciencia social debe contener un fuerte anhelo de justicia en donde se respete el mérito y se rechazen las diferencias basadas en categorías dadas por la posición profesional o social. Aunque no es solamente patrimonio nuestro (prefiero enfocarme en el país en donde vivo), mal que nos pese, un importante porcentaje de la sociedad argentina inmerso en el cinismo y la hipocrecía (aunque suene antipático) está atravesando sostenidamente desde hace décadas, un fuerte y claro proceso de involución en el que se han ido profundizando tanto las conductas anómicas como naturalizando la violencia y la falta de respeto por la autoridad, aun en los casos en que ésta es ejercida idoneamente. Cuando una persona tiene incorporadas claras convicciones con raíces de probidad, se inclina con respeto ante los valores reales y admira a los virtuosos, a los que trabajan, a los que elevan su personalidad con el estudio y a los que se esfuerzan por el bienestar de sus semejantes, pero esto no es moneda corriente en esta república. ¿Por qué, si ello nos permitiría vivir en mejores condiciones?

El hombre justo entiende que el favor y las dádivas, tanto como la caridad mal entendida son remedios inútiles que enferman a la sociedad. Los países que han comprendido definitivamente estos conceptos son sociedades modernas que se han desarrollado sabiendo que gobernar a un pueblo no es igualar a sus componentes ni nivelar hacia abajo, porque ello sería sacrificar alguna parte en beneficio de otra.

En toda sociedad, en cada individuo, coexisten tendencias contradictorias que generan angustias y trastornos alimentados en forma recurrente por las realidades personales, las relaciones sociales, laborales, de salud, etc., pero la forma de resolverlos no es igual en todas partes, entonces, vuelvo a preguntar, ¿por qué en Argentina la salida pasa siempre por la resolución violenta y el desconocimiento de las normas de convivencia?. ¿Por qué es tan difícil convivir en nuestro país?, ¿por que nos cuesta tanto aceptar las diferencias?, ¿por qué no se entiende con sencillez que los límites propios terminan donde comienzan los ajenos?

La gran riqueza de la humanidad es precisamente su diversidad, porque es en el seno de esa gran heterogeneidad natural que se aprecian las diferentes aptitudes y tendencias que engendran y promueven los grandes cambios sociales. Por tal motivo las desigualdades de toda clase no han de suprimirse sino mas bien equilibrarse a través de la solidaridad.

Hay naciones pobres y hay épocas de pobreza que lamentablemente no pueden prevenirse, pero muchas de ellas han sorteado esas dificultades y han aprendido con dolor cuál es el mejor camino para lograr el bien común. En Argentina eso no sucede y no va a suceder por muchos años más. Aunque parezca un hecho muy simplista, si el médico es siempre el mismo y la receta que nos prescribe es la misma, pues, seguiremos enfermos sin solución de continuidad.

Tendría que haber un estado presente, sólido y austero fundado en la justicia como herramienta necesaria para combatir la violencia, el hambre, la hostilidad y el odio entre partes. Un estado gobernante en el que la ideología no se enfrente con el sentido de justicia tergiversando la solidaridad genuina, en el que se de preeminencia al trabajo frente al ocio y la vagancia. De lo contrario estamos ante un fracaso anunciado.

Por estos motivos una educación integral, es decir que abarque los aspectos básicos de la formación moral, ética e intelectual, juega un rol primario en la capacitación de los ciudadanos de todas las edades pues los prepara para la vida en sociedad, facilitando y potenciando las mejores aptitudes de cada uno.

Una persona sin educación es proclive a mantener conductas dependientes, erráticas, anómicas y discordantes con el resto del tejido social al que pertenece ya que la vida en común exige la aceptación del deber de cada individuo. De no ser así, el mismo verá difusos sus límites y por tanto podrá, sin trabas mentales actuar en detrimento de sus semejantes arrogándose derechos que no le pertenecen. Ese tipo de conductas deterioran la convivencia social en todos sus órdenes y eso es lo que distingue a una sociedad educada al amparo de estados fuertes y justos de otra que se rige por patrones laxos, ética y moralmente reprobables.

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