Por Daniel Spinato

 

Es una peculiaridad del ser humano. Nos apegamos a las cosas sean estas materiales o no. Nuestras pertenencias son la forma de vincularnos con el mundo y todo se revaloriza cuando no lo tenemos o estamos por perderlo. Nos apegamos a la vida, la que más de una vez aprendemos a estimar cuando está en riesgo y es a partir de esas ocasiones que la miramos de otra manera. La vida no cambió, se modificó nuestra mirada. Nos apegamos a las personas, sobre todo a los seres amados, frente a los cuales hasta llegamos a ceder parte de nuestra individualidad, de nuestra independencia. No deberíamos olvidar que nuestra existencia es apenas un suspiro de la eternidad, y mucho menos que mensuramos nuestros tiempos con una vara tan limitada que no le hacemos siquiera cosquillas a la inconmensurable infinitud de la creación.

Aun así, el tiempo de nuestro tránsito es lo que tenemos para aferrarnos a nuestras creencias, ilusiones, deseos, anhelos, propósitos. Proyectamos nuestras aspiraciones en días, meses o años y en función de ello, peregrinamos sujetos a esa inmaterialidad temporal que entendemos va a determinar cuándo es el momento de obtener nuestros logros; ver crecer un hijo, terminar una carrera, alcanzar un bienestar económico.

Pocas veces pensamos en el momento de quiebre, y nunca se está lo suficientemente preparado para ello. Cuando tomamos conocimiento de que hay algo que puede alterar el curso de nuestra vida de manera drástica, todo zozobra y si se concreta, la estructura psíquica se cae en un santiamén, momento en el que nos damos cuenta de la condición de fragilidad. Siempre lo supimos, pocas veces lo consideramos y mucho menos lo admitimos. Ante la noticia de una adversidad que nos limita, que altera el rumbo que habíamos fijado, nos sentimos inmediatamente desalojados de nuestro puesto de control y pasamos rápidamente a ser subordinados de un mando superior. ¿Teníamos el control antes? Es justo en tales circunstancias cuando compulsivamente comprendemos la cruda superficialidad de lo material y lo evanescente de las relaciones personales. Es la inmediatez de la vida que pasa frente a nosotros en un santiamén, tan fugaz, tan efímera. Es el duro aprendizaje de aniquilar nuestra voracidad insaciable por lo superfluo (que ilusoriamente nos parece valioso).

Una de las máximas de los samurái japoneses era el no apego a la vida, y de allí su extraordinaria actitud para enfrentar el combate hasta las últimas consecuencias. Es muy duro cortar los apegos. El apego representa el karma no manifestado. Intelectualmente se comprende que hay que deshacerse del apego, pero en la práctica es muy difícil de realizar, decía Taisén Deshimaru (1985).

el apego

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