LA VERDAD Y LA POLÍTICA

El ciudadano común está literalmente bombardeado por mensajes de distintos sectores de la política. Los protagonistas de la política y aquellos que aspiran a ser protagonistas están demasiado implicados en su propia situación, algunos en poder sostener su espacio de poder y otros en alcanzar el suyo. Por esta razón no pueden ver lo que está frente a ellos, y las cosas que son claras y obvias para gran parte de la sociedad les resultan lejanas y confusas. Por los mismos motivos, gran parte de sus esfuerzos no están orientados al logro del bienestar de la comunidad sino a asegurarse la próxima reelección.
Mi sensación es que muchos de los que se dedican a la política (con honrosas y destacadas excepciones), no entienden lo que están haciendo y por ello jamás podrán actuar de forma confiable.
La gran mayoría de los mensajes son ambiguos o carentes de fundamento, y esto es así porque temen seriamente enfrentarse a su peor y más temido enemigo, “la verdad”, porque la verdad los desnuda y muestra como son, y si eso ocurriera no podrían salir a la calle sino ocultándose detrás de una máscara.
Los políticos de poco mérito no buscan cautivar a las poblaciones con la virtud del contenido de sus proyectos, sino que se ocupan en investigar el comportamiento general ofreciendo concesiones y halagos en lugar de propulsar medidas incómodas aunque necesarias. Esto es frecuente en quienes gobiernan, pero mucho más evidente en quienes conforman la oposición.
Si una medida de gobierno resulta necesaria para mejorar la calidad de vida de una sociedad, pero es antipática y antipopular, entonces el político evita el desgaste y no asume el riesgo, actúa con demagogia y consecuentemente contribuye a la degeneración de la democracia, simplemente por cobardía y especulación.
Es por eso que el triunfo de la verdad en un país es la antesala de un gigantesco progreso moral, algo que parece estar muy lejos y a lo cual los políticos mediocres le temen.